INTEMPERIE Y ALBEDRÍO

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Estábamos muertos y podíamos soñar
Paul Celan

He soñado que Borges y Perec se conocían en un parque, que se hablaban animadamente, atropellándose palabra y gesto, pero no se entendían, como se ignoran dos pantallas frente a frente o los espejos y el aire. Yo, con la intención de romper el hielo les mencioné a Juarroz, les hablé de Cioran, y ambos asintieron inmediatamente con la cabeza, aun ignoro el motivo, me miraron fijando la vista tras de mi, escuchando la brisa. Callaron, y yo no pude callarme.

Les hablé de un libro escrito al hedor de la canícula, con palabras desconocidas, por esos muertos que nunca olvidan. Del aplanamiento de los cuerpos tendidos en la playa, en los cementerios, en las camas, disueltos en el agua como axolotls albinos, flotando como almas apresadas en burbujas, en un viaje inverso hacia un fondo sin fondo, hasta convertirse en un color sólido, sin punto de apoyo, entre limos, desmoronados en el engullimiento espiral, sorbidos en un vórtice para luego ser regurgitados… reconciliados consigo mismos en su punto cero.

Les hablé de las señales, de los advenimientos cuando empieza el porvenir, de la retahíla de signos que dan lugar al pasado, como las imaginarias líneas del meridiano. Les mencioné el peso de la tierra que cubre todos los muertos, emborrachados de nausea y tedio, descarnados, desvestidos de ser, empachados de humedad hasta el mutismo.

Seguían mirándome, observaban mis labios y los gestos de mis manos, entrecruzaban sus visuales al igual que sus dedos sobre las rodillas. Perec insinuó una mueca como si fuera a hablar, pero desvió sus ojos a lo lejos, imitando a Borges. Yo proseguí con desparpajo cruel.

Les dije que somos como el punto triple del agua, todo es cuestión de presión y temperatura, así se explican las pasiones, que viven sobre nosotros mismos cuando las dejamos acercarse. El recursivo vaivén de la memoria complica la cartografía fractal del olvido, el lugar de todos los no-lugares que se visita bucle a bucle, de metástasis en metástasis hasta llegar al ubicuo blanco. Insistimos con los ojos entornados en habitar los recuerdos, los de quien sea, con la vana esperanza de modificar el presente, los futuro-presente, la mentira imposible.

Resolver la equivalencia de todo lo perdido con todo lo encontrado es cuanto puedo legar, las olas espumosas del pasado, la resaca del futuro… lo que perpetra una demencia y me convierte en cómplice. En una caja de cartón conservo despojos de mi padre: cabellos arrancados de los cepillos del pelo, algunas colillas, un mendrugo de pan que con su mano tocó, algunos pétalos negros de irreconocibles flores, un premolar y un diente de oro. Es una forma de tenerlo, porque sus despojos también son el. Esto nunca lo había contado antes.

Ha venido María a buscar a Borges, seguía mirando contemplativo las copas de los árboles. Al sentir la mano de ella ha insinuado educadamente un saludo, pero ha detenido su gesto y bruscamente ha vuelto su rostro hasta mirarme fijamente con furia, traspasándome con su afilada ceguera, y me ha dicho: –Nunca encontré a mi doble, por eso en tus sueños vuelvo cada vez hasta aquí, porque la ocurrencia de ese suceso está escrito en mi libro de arena.

Y dicho esto se desvaneció envuelto en la niebla que rodeaba a María. Yo miré a Georges, quien ausente no paraba de hacer listas, tal vez la lista de todas las listas posibles, extraviado entre Gödel y Cantor… Llevaba rato sin escucharme, pero su ausencia en lugar de molestarme me estimulaba a discurrir, vete a saber si en realidad estaba escribiendo algo de lo que yo intentaba contar.

Antes de que empiece a hablar en vegetativo me gustaría mencionar la tendencia al regreso recurrente, la vuelta cada vez a un lugar distinto cuando volvemos, con su noche y cuarteada gelidez. De la oscuridad cuando se accede a la nada, y una vez en ella sabes que no contiene el no, que en ella no habita la negación, ni la angustia, ni la noche. Y que la noche es un reverso del día, del insomnio, densa, descendente a la sumisión, que estira desde la profundidad a la largura del desierto. La noche es disolución, es dispersión, acecha tras el día en una forma de terrible infinito en el que no hay cobijo ni reposo y nos rodea y absorbe en un cerco inhóspito con nosotros en el centro, sin relación alguna con los objetos, donde todo es tan presente como el vacío, donde no existe uno, donde absolutamente todo es nada y abismo, y del que surge la vida, sí, la vida, como una forma enferma de la materia, orillando el desequilibrio del límite, desafectada, volátil.

Mirando al cénit me he bebido las estrellas hasta agotar la noche y los istmos se han anegado, evaporándose destellos y sonidos. Quedo solo en este parque transparente. Sobre el banco reposa olvidado un papel en blanco, la lista de las listas, la palabra invisible que acaso las contiene todas, el reflejo de mi rostro.

El que sueña siempre acaba despertando, como despierta todo salvo lo que ignoramos, salvo lo que olvidamos. Y así ocurre, que en mis sueños solo vivo yo, obsesionado por saber por qué me obsesionan tantas cosas y tanto la última.

Vive en mi un naufrago,
y sus recuerdos no respiran,
y nada braceando,
rumbo a su muerto.
La culpa es del futuro,
del mañana que nunca llega,
que es cuando todo ocurre.

Volveré más liviano,
ingrávido como el olvido,
errático como el vuelo de la sámara,
insomne junto a grillos y luciérnagas.

Porque si la noche ha muerto,
¿entonces qué?
A mi,
el relente,
a vosotros,
el alba
de palabra inocente
y memoria fecunda.

Un comentario

  • De alguna manera encuentro todos tus poemas en este ensayo, en esta poética tan tuya y tan ingrávida, que impresiona. … “la palabra invisible que acaso las contiene todas, el reflejo de mi rostro”. Un placer leerte.

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